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“APUNTES SOBRE LAS PRACTICAS SOCIALES GENOCIDAS EN COLOMBIA”

PROFUNDIZAR EN LAS PRÁCTICAS SOCIALES DE RESISTENCIA ES LA ALTERNATIVA
 
Por: Equipo Jurídico Pueblos

 
“…El tejido social no puede sanar si los responsables de prácticas genocidas no se hacen responsables de las consecuencias de sus acciones…” (Daniel Feierstein)
 

Toma fuerza en Colombia la imposición de un relato que afirma que todas las víctimas se han originado por relación directa o indirecta con el conflicto armado, dejando a un lado la violencia estructural provocada por las elites económicas y políticas que detentan el poder, quienes mediante el uso del terror han pretendido destruir la identidad, entre otros, de los colectivos que luchan por una sociedad distinta. El presente ensayo se pretende el inicio de una discusión, sobre la conceptualización de las prácticas sociales genocidas para el caso colombiano y se basa en los fundamentales aportes que sobre la materia ha realizado el sociólogo y profesor de la Universidad de Buenos Aires, Daniel Feierstein.

En abril de 2017, en la Feria del Libro estuvo presente el autor lanzando su libro “El Genocidio como Práctica Social, entre el nazismo y la experiencia argentina”; su presencia fue cubierta por un medio de información nacional que divulgó una entrevista en la que a rasgos generales Feierstein explicó el concepto de “prácticas sociales genocidas” y de forma somera las caracterizó para el caso colombiano:

“Colombia vivió distintos momentos de prácticas genocidas, los dos más fuertes fueron toda la política dirigida a los sectores rurales, y sobre todo comunidades indígenas y campesinas, por parte del aparato estatal y los paramilitares, y luego, el caso más tratado jurídicamente, el de la Unión Patriótica. Son dos procesos que dejan claro su contenido genocida y, si bien se encuentran articulados con la guerra, sus objetivos no son los objetivos de la guerra”. (El Espectador, 2017)

La obra de Feierstein forma parte de una rigurosa investigación realizada por décadas de los genocidios del siglo XX, y en particular, centra su trabajo en profundizar esta categoría a partir del estudio del genocidio nazi y de la dictadura militar argentina.

Técnicamente se entiende por genocidio, el conjunto de actos planificados que poseen la intención de destruir total o parcialmente un grupo étnico, racial (categoría inexistente) religioso o nacional. El término “genocidio” es un neologismo que data de 1944, no así su práctica, que es milenaria.  El abogado polaco Raphael Lemkin[1] concebía el genocidio como “la destrucción de la identidad nacional de los oprimidos y la imposición de la identidad nacional del opresor” (Feierstein, 2018), esto es, como una herramienta de opresión para imponer un modelo económico y político.

La Convención para la prevención y la sanción del delito Genocidio de 1948 de Naciones Unidas  dejó por fuera de los grupos reconocidos como víctimas de este crimen, colectivos humanos como aquellos de carácter “político”, entre otros. La razón histórica de ello no es otra que el interés de algunos Estados por evitar su incorporación, por cuanto avanzaban al interior de éstos, genocidios contra grupos de oposición.

De esta negativa reluce el  propósito de las élites de poder por des-politizar los genocidios. La definición excluyente del sujeto pasivo, diluye la posibilidad de entender que la intencionalidad de las prácticas sociales genocidas, es política.  Considerar que los nazis masacraron millones de seres humanos por odio a los judíos, o que los Hutus asesinaron más de un millón de Tutsis con motivos étnicos en Ruanda, constituye un problema de compresión que impide determinar los intereses económicos y políticos que existe en el trasfondo del genocidio.

Similares consideraciones podrían aplicarse al caso colombiano y reducir los seis millones de despojados de sus tierras, los más de 30.000 detenidos desaparecidos, masacres, cuerpos torturados, detenciones masivas  y arbitrarias, exiliados; al producto de un irracional conflicto armado entre las fuerzas del Estado y la insurgencia. Sin embargo, ello no se corresponde con la realidad y la oculta, pero además excluye a las grandes mayorías, a todas aquellas víctimas de la voracidad de un sistema económico criminal; desdibujando la responsabilidad de unas clases que ostentan el poder político para imponer sus propios intereses, para lo cual no han dudado –ni un solo segundo- en suprimir la identidad de un pueblo que se resiste y convertir a sus integrantes, en sus propios soldados.

Ante la pregunta de por qué se masacró a millones judíos, gitanos, comunistas o españoles republicanos, hutus, argentinos y colombianos de izquierda se suele acudir al argumento de la irracionalidad del victimario. Sin embargo -como lo plantea Daniel Feierstein (2018)- el genocidio obedece a una racionalidad del poder, que en su mayoría responde a la racionalidad criminal capitalista.

El autor se inclina por la construcción del concepto de “práctica social genocida”, distante del anquilosado precepto jurídico de la Convención, definiéndola como “aquella tecnología de poder cuyo objetivo radica en la destrucción de las relaciones sociales de autonomía y cooperación y de la identidad de una sociedad por medio del aniquilamiento de una fracción relevante (sea por su número o por los efectos de sus prácticas) de dicha sociedad y del uso del terror, producto del aniquilamiento para el establecimiento de nuevas relaciones sociales y modelos identitarios” (Feierstein, 2011, p. 83)

Para Feierstein la experiencia nazi puede ser analizada como la concreción de varias modalidades genocidas, donde se aplicó por primera vez un Genocidio reorganizador, cuyo peculiaridad es el dispositivo concentracionario. Concluye que la experiencia de la dictadura argentina sintetiza con claridad el genocidio reorganizador, “como modo  de destrucción y refundación de las relaciones sociales”. (Feierstein, 2011, p. 356).

A su vez, caracteriza los aspectos esenciales del Genocidio reorganizador, profundizando en los modos de destrucción y rearticulación de las relaciones sociales y precisa que la novedad de éste, es que su operatoria se dirige “hacia el interior” de una sociedad que ya se encuentra constituida. Señala que “el genocidio reorganizador se propone transformar las relaciones sociales al interior de un Estado nación preexistente, pero de un modo tan profundo que logra alterar los modos de funcionamiento social del mismo”. (Feierstein, 2011, p. 357)

El autor se distancia de la interpretación restrictiva de concepto jurídico de genocidio por considerarlo excluyente y reducido. Al analizar la experiencia argentina cita los argumentos trabados en la Audiencia Nacional Española cuya elemento central fue la caracterización de los efectos de la dictadura sobre el grupo nacional argentino, planteando que efectivamente desapareció como tal, para convertirse en un grupo totalmente distinto. Vale decir que esa desaparición no se refiere restrictivamente al aspecto físico solamente, sino de la propuesta de sociedad por la que propugnaban los integrantes de ese grupo nacional. (Feierstein, 2011)

En un reciente espacio de activistas de derechos humanos, nos planteamos la necesidad de estudiar la categoría de práctica social genocida para el caso colombiano, pues hasta el momento nadie ha abordado el genocidio desde esta perspectiva y la consideramos como un importante punto de partida para reconstruir nuestra memoria como clases populares.

Al análisis contribuye también el aporte del defensor de derechos humanos y de los pueblos Javier Giraldo Moreno, quien de forma rigurosa ha sustentado -desde la definición de la Convención contra la prevención del delito de Genocidio- que en Colombia el sujeto pasivo de este crimen internacional, ha sido el grupo nacional colombiano. Afirmación ésta, de grueso calado, que exige por supuesto, la mayor sustentación posible desde el diseño de un método de estudio que permita caracterizar el genocidio colombiano y las prácticas sociales genocidas. Este tema será profundizado en la investigación, con perspectiva histórica, que nos proponemos realizar como organización defensora de los derechos de los pueblos incrustada en el proceso de resistencia popular.

La siguientes son algunas de la preguntas que imperativamente debemos responder para avanzar en la caracterización de las prácticas sociales genocidas en Colombia: ¿Está en marcha en Colombia un genocidio reorganizador? ¿Cuáles son las características peculiares del genocidio reorganizador en Colombia? ¿Es el dispositivo concentracionario una característica de las prácticas genocidas en Colombia?  ¿si no es el dispositivo concentracionario lo que caracteriza el genocidio en Colombia, entonces cual es? ¿Como medimos el nivel de efectividad del genocidio colombiano? ¿Cómo caracterizamos el grupo nacional colombiano? ¿predomina en Colombia la tesis de los dos demonios para explicar o justificar el genocidio? ¿es posible definir en Colombia una periodización de genocidio?

Pero surge antes, la necesidad de cuestionarnos para qué sirve caracterizar y comprender las prácticas sociales genocidas en nuestro país. La respuesta no es teórica ni académica, tampoco la encontraremos en ensayos lejanos de la realidad de hoy, en los que se habla del genocidio armenio, nazi, ruandés, franquista, argentino, guatemalteco o de la Ex Yugoslavia como algo del pasado y que aparentemente se superó.

Esto, porque en Colombia nos encontramos ante unas prácticas sociales genocidas en curso, con el agravante de que los autores están muy lejos de reconocer públicamente su responsabilidad y más aún de ser juzgados, pero además se impone desde los círculos de poder y de los generadores de opinión, una narrativa negacionista y reduccionista del genocidio colombiano, bajo la eufemística frase de que todo ocurrió en el marco o con relación directa o indirecta con el conflicto armado interno.  El 23 de julio de 2001, en la costa caribe de Colombia, la clase política y económica con la instrumentalización de los militares-paramilitares decidieron “refundar la patria” en los que se denominó públicamente como “el pacto de San José de Ralito”; este hecho probado judicialmente evidencia que ha existido la intención de imponer violentamente la identidad propia de la clase latifundista y rentista sobre la propuesta de un relacionamiento horizontal y solidario del movimiento campesino y en general de los sectores populares.

La historia en Colombia de la lucha contra la impunidad de los crímenes de Estado no se ha profundizado ni caracterizado adecuadamente. Desde el movimiento de los derechos humanos y de las organizaciones de víctimas hemos planteado la necesidad de desenmascarar el Terrorismo de Estado, e incluso como abogados que actuamos dentro el sistema judicial interno acudimos al derecho penal internacional para solicitar condenas por crímenes de lesa humanidad, pero poco hemos racionalizado cada una de esta categorías, ni hemos hecho un examen riguroso que nos indique si efectivamente éstas, tienen el mismo alcance de prácticas sociales genocidas.

Feierstein considera la “practica social genocida” en permanente incomplitud, producto de su carácter constructivo, es decir, el genocidio como un proceso que no tiene una fecha exacta de iniciación ni de finalización; lo que para el caso colombiano teóricamente es fácil de asimilar por cuanto está ocurriendo en este instante. Además, plantea con claridad que la práctica social genocida remite a una construcción, por lo tanto puede ser de-construida, (Feierstein, 2011) despojando todo rasgo de irracionalidad o a-historicidad. Su comprensión permite una acción política que involucra “prácticas sociales de resistencia” desde los sectores populares que pregonan relaciones sociales distintas del individualismo que impone con violencia el capitalismo.

De allí la importancia por la que -como organización de derechos humanos, que formamos parte del movimiento social colombiano- pretendemos generar un debate que promueva la disputa conceptual desde abajo, que nos permite estudiar a profundidad las prácticas genocidas que están en marcha desde hace más de setenta años en Colombia. Conocer y denunciar, desde los sectores populares, las prácticas sociales genocidas, posee también una carga política de impacto.

[1]Jurista polaco-judío, nacido en 1900. Formó parte del equipo de trabajo de preparación de los juicios de Nuremberg; realizó una importante gestión ante Naciones Unidas para que se incorporara el concepto de Genocidio y aún después de la aprobación de la “Convención de las medidas de precaución y castigo del genocidio” dedicó el resto de su vida a que varios países a formar parte de la Convención. (United States Holocaust Memorial Museum, SF)
destrucción de la identidad nacional de los oprimidos y la imposición de la identidad nacional del opresor” (Feierstein, 2018), esto es, como una herramienta de opresión para imponer un modelo económico y político.  
 

Referencias

Feierstein, D. (2011). El Genocidio como práctica social: Entre el nazismo y la experiencia argentina. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica de Argentina.

Feierstein, D. (2018). En 5 lecciones sobre genocidio – 1ra. Por Daniel Feierstein [entrevista]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=Wv7Ov2PTdKo&feature=youtu.be

El Espectador (2017). “Hasta que el Estado no aclare sus nexos con el paramilitarismo el genocidio en Colombia va a continuar”, Daniel Feierstein. Recuperado en https://www.elespectador.com/noticias/cultura/hasta-que-el-estado-no-aclare-sus-nexos-con-el-paramilitarismo-el-genocidio-en-colombia-va-continuar-articulo-692264

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